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✠ Templarios · Cister · 1129–1130

La Regla de Bernardo de Claraval: el carisma de la nueva milicia

En el invierno de 1129, cuando los caminos de Champaña aún estaban helados, el abad Bernardo de Claraval recibió de Hugo de Payns el encargo de dar voz canónica a una milicia que ningún monje había visto antes: caballeros que profesaban pobreza y que, en lugar de colgar la espada al entrar en religión, la conservaban para defender al peregrino. De aquel encargo nacieron dos textos inseparables — la Regla latina primitiva, aprobada en el Concilio de Troyes, y el De laude novae militiae, panegírico que Bernardo redactó en Claraval antes de 1136. La Iglesia no improvisaba: daba forma canónica al carisma antes de que el carisma se corrompiera.

Concilio de Troyes · enero 1129Regla latina primitiva · 72 capítulosDe laude novae militiae · c. 1130–1135Ed. Leclercq, Sancti Bernardi Opera, t. III

I.Contexto: el invierno de Troyes y la profesión de los nueve

En enero de 1129, el legado pontificio Mateo de Albano convocó en Troyes, capital del condado de Champaña, un concilio provincial al que asistieron los arzobispos de Reims y Sens, los obispos de Chartres y París, y una veintena de abades. Entre éstos, Bernardo de Claraval, abad de un monasterio cisterciense fundado catorce años antes y ya convertido en cabeza de una filación que contaba decenas de casas. La asamblea no se reunía para la milicia. Se reunía para asuntos diocesanos. La milicia llegó a ella de la mano de Hugo de Payns.

Hugo de Payns había desembarcado en Occidente en 1127 o 1128, después de casi una década guardando los caminos de Jerusalén con ocho compañeros. Traía dos encargos del rey Balduino II y del patriarca Esteban de La Ferté: reclutar caballeros y obtener reconocimiento canónico. Reclutó en Champaña, en Borgoña, en Flandes. El reconocimiento canónico lo pidió en Troyes. Compareció ante los padres, presentó su profesión de pobreza, castidad y defensa armada del peregrino, y dejó sobre la mesa un esbozo de regla redactado, según la crónica, por el patriarca de Jerusalén.

Los padres conciliares no tenían precedente. Ninguna orden religiosa, hasta entonces, había armado a sus profesos. La Regla de san Benito — norma matriz de toda la vida monástica latina — prohibía al monje portar espada. ¿Cómo articular canónicamente a un caballero que es a la vez religioso y combatiente? La cuestión no era militar. Era teológica. Si el caballero mata, ¿comete pecado o ejecuta justicia? Si es religioso, ¿cómo concilia el voto de paz con el oficio de las armas?

Bernardo, presente en la sala, tomó la pluma. La tradición cisterciense, recogida por su secretario Geoffrey d'Auxerre, atribuye al abad de Claraval la redacción efectiva de la Regla primitiva que el concilio aprobó: setenta y dos capítulos en latín, firmados por los padres y enviados a Roma para su confirmación pontificia. La Iglesia no iba a dejar al carisma militar sin marco. Le dio forma canónica antes de que se le pudiera llamar herejía.

II.Bernardo de Claraval: el monje que escribió la Regla

Bernardo tenía treinta y nueve años en 1129. Había nacido en el castillo de Fontaine-lès-Dijon, tercer hijo del caballero Tescelino le Sorrus, y entrado a los veintidós en Cîteaux con treinta parientes — hermanos, tíos, primos — a quienes arrastró tras de sí al noviciado. En 1115, Esteban Harding lo envió a fundar Claraval, en un valle inhóspito de la Champaña meridional. De aquel valle saldría, en menos de veinte años, una congregación de más de sesenta abadías hijas.

Su autoridad en 1129 no venía del cargo. Venía de la palabra. Bernardo escribía cartas que reyes leían arrodillados, predicaba cruzadas que movían multitudes, intervenía en cismas y en concilios. Era, a la vez, contemplativo y hombre de acción — la doble cifra del cisterciense. Cuando Hugo de Payns le pidió que defendiera por escrito la nueva milicia, Bernardo no escribió un tratado de teología militar. Escribió un panegírico. Lo tituló De laude novae militiae, «En alabanza de la nueva milicia», y en él opuso, capítulo a capítulo, al caballero secular — que mata por vanidad, se cubre de oro, persigue la gloria del mundo — al caballero de Cristo, que mata por justicia y muere por Cristo.

El De laude no es la Regla. Es su glosa viva. La Regla latina primitiva, aprobada en Troyes, fija el marco canónico — votos, jerarquía, liturgia, disciplina conventual —, y el De laude articula la teología que justifica ese marco. Bernardo supo lo que hacía: dio a la milicia una regla para obedecer y un ideal para amar. La Iglesia aprueba reglas. Los hombres obedecen por amor.

El encargo de Hugo de Payns no fue gratuito. Bernardo era pariente, por la rama materna, de varios caballeros de Champaña que habían entrado en la nueva milicia. Conocía a los hombres a quienes escribía. Les escribió en Claraval, probablemente entre 1130 y 1135, después de Troyes y antes de la bula Omne datum optimum. El texto circuló manuscrito entre las encomiendas durante años antes de consolidarse. Hoy se conserva en una treintena de testimonios, editados críticamente por Jean Leclercq en el tomo III de las Sancti Bernardi Opera (Roma, 1963).

III.El contenido de la Regla latina primitiva

La Regla primitiva aprobada en Troyes consta de setenta y dos capítulos en latín medieval. Sobrevive en una treintena de manuscritos; la edición de referencia es Henri de Curzon, La Règle du Temple (París, 1886), revisada y traducida al inglés por Judith Upton-Ward en The Rule of the Templars (Boydell, 1992), que incorpora también los estatutos jerárquicos añadidos entre 1139 y 1250. El texto fija cuatro ejes — profesión, jerarquía, liturgia y disciplina conventual — que la Iglesia articularía en aquel enero de 1129 y que la orden conservaría, sin ruptura, durante casi dos siglos.

La profesión — capítulos I a XIV — establece los tres votos: pobreza, castidad y obediencia. El caballero que entra en la orden renuncia a toda propiedad personal; contrae obligación de castidad, incluso si está casado, pues profesa vivir apartado de la esposa; promete obediencia al maestre. El capítulo IV sustituye el oficio coral por un número fijo de Padrenuestros: los hermanos legos, en su mayoría analfabetos, no sabían leer el Salterio, y la Iglesia, en vez de excluirlos de la oración, les dio una regla que cualquier caballero pudiera cumplir — trece Padrenuestros en maitines, siete en cada una de las horas menores, en lugar del Breviario canónico. La Iglesia sabía adaptar la liturgia al hombre sin rebajar el depósito.

La jerarquía — capítulos XV a XLIV — fija los oficios. El maestre, elegido por capítulo general, tiene autoridad suprema pero está obligado a consultar al capítulo en guerra, en paz y en la recepción de hermanos. El senescal es su lugarteniente; el mariscal manda la caballería; los comendadores rigen las encomiendas provinciales. Los hermanos caballeros, de origen noble, visten manto blanco — concedido para distinguirlos de los sargentos — y sobre el manto, a partir de 1147, la cruz roja patada, añadida por concesión de Eugenio III para la segunda cruzada. Los hermanos sargentos, de origen plebeyo, visten manto negro o pardo. Los capellanes — clero ordenado, con facultad de confesar y celebrar — se incorporan a la orden a partir de 1139, cuando la bula Omne datum optimum de Inocencio II exime al Temple de la jurisdicción episcopal y le permite tener clero propio. La jerarquía no es militar: es monástica adaptada al oficio de las armas.

La disciplina conventual — capítulos XLV a LXXII — regula el vestido, la comida, el sueño, los caballos y las armas. Prohíbe la caza con perros, salvo la del león — es decir, las bestias que asaltan al peregrino —, la cetrería, los juegos de azar, el lujo en los arreos. Ningún hermano puede llevar oro o plata en su equipo. Las comidas son comunales, en silencio, con lectura. Ningún hermano puede besar mujer alguna, ni siquiera a su madre o a su hermana. La Regla no legisla la piedad: legisla lo cotidiano, porque en lo cotidiano se prueba la profesión.

Setenta y dos capítulos. Pobreza, castidad, obediencia. Liturgia adaptada al lego. Jerarquía clara. Disciplina sin concesiones. La Iglesia no improvisaba un carisma nuevo: le daba forma canónica para que el caballero pudiera ser religioso sin dejar de ser caballero.

  • Profesión (cap. I-XIV): tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Sustitución del oficio coral por Padrenuestros para los legos.
  • Jerarquía (cap. XV-XLIV): maestre, senescal, mariscal, comendadores. Caballeros de manto blanco, sargentos de manto pardo, capellanes desde 1139.
  • Liturgia: trece Padrenuestros en maitines, siete en cada hora menor. Capellanes propios tras Omne datum optimum.
  • Disciplina (cap. XLV-LXXII): caza prohibida salvo el león, cetrería prohibida, sin oro ni plata en los arreos, sin besar mujer alguna, comidas en silencio con lectura.

«Nos, Deo auspice, in odore suavitatis devote suspirantes ad Dominum Iesum Christum, et gloriosae Virginis genitricis eius patrocinio confidentes, ordinem suscepimus militiae templi Salomonis, sub regula beati Benedicti abbatis a patribus in concilio Tricassino approbata.»

Nosotros, bajo los auspicios de Dios, suspirando devotamente en olor de suavidad hacia el Señor Jesucristo, y confiando en el patrocinio de la gloriosa Virgen su Madre, hemos recibido el orden de la milicia del Templo de Salomón, bajo la regla del bienaventurado abad Benito, aprobada por los padres en el concilio de Troyes.

Regla latina primitiva, prólogo (Concilio de Troyes, enero de 1129). Edición: Henri de Curzon, La Règle du Temple, París, 1886; trad. Judith Upton-Ward, The Rule of the Templars, Boydell, 1992.

IV.La teología de la nueva milicia en el De laude

Bernardo escribió el De laude novae militiae en Claraval, probablemente entre 1130 y 1135, después de Troyes y antes de la bula Omne datum optimum. Lo dedicó a Hugo de Payns y a los hermanos de la nueva milicia. El texto se conserva en unos treinta manuscritos, editados críticamente por Jean Leclercq en el tomo III de las Sancti Bernardi Opera (Roma, Editiones Cistercienses, 1963, pp. 213-239). No es un tratado sistemático: es un panegírico, escrito para mover a los caballeros a la profesión, que articula en pocos capítulos la teología que justifica el carisma templario.

El argumento central es audaz. Bernardo distingue dos especies de caballería. La caballería secular — el caballero que mata por vanidad, se cubre de oro, persigue la gloria del mundo — vive y muere en el pecado. La caballería de Cristo — el caballero que mata por justicia y muere por Cristo — vive y muere en la gracia. La distinción no es retórica: es teológica. El caballero secular, al matar, comete homicidio o se expone al homicidio, y en ambos casos pone en riesgo su alma. El caballero de Cristo, al matar al enemigo de Cristo, no comete homicidio: comete, dice Bernardo, malicidio — mata el mal, no al hombre. Y al morir, gana el cielo.

La fórmula es deliberadamente paradójica y Bernardo la sostiene con la Escritura. Cita el consejo de Juan Bautista a los soldados que le preguntan qué hacer: «No extorsionéis a nadie, no hagáis falsas denuncias, contentaos con vuestra soldada» (Lc 3,14). Juan no les manda colgar la espada: les manda usarla con justicia. Cita a los macabeos, que combatieron por la ley y por el templo. Cita al salmista: «Beatus vir qui retribuet retributionem» (Sal 57,11) — bienaventurado el hombre que devolverá la retribución. La doctrina del justo combate no es un parche que la Iglesia añade a regañadientes: es el reconocimiento de que el mal existe, de que el mal armado no se detiene con palabras y de que el hombre bueno hábil en el uso legítimo de la fuerza es la respuesta que el mal no puede soportar. La Iglesia lo sabía en 1129. Bernardo lo escribe sin titubeo: el caballero de Cristo no es un monje que se disculpa por portar espada. Es un monje que porta espada porque la espada, en manos justas, es instrumento de caridad para con el débil.

La Iglesia no inventaba en 1129 una teología de la espada: aplicaba, al carisma nuevo, la doctrina del justo combate que Agustín había articulado ocho siglos antes en Contra Faustum XXII, 74-79 y que Tomás de Aquino codificaría un siglo después en Summa Theologica II-II, q.40. La Iglesia preservaba el depósito: lo aplicaba a una milicia que pedía forma.

Esta es la tensión que el De laude resuelve. El monje, según la Regla de san Benito, es hombre de paz: ora et labora, no mata. El caballero, según el orden feudal, es hombre de espada: mata o muere por el señor. La novedad de la milicia templaria es juntar los dos estados — religioso y armado — sin que ninguno de los dos quede vaciado. Bernardo lo articula en una frase que se quedó como cifra de la orden: el caballero de Cristo «mata con seguridad, muere con seguridad». Si mata, mata por Cristo; si muere, muere por Cristo. En ninguno de los dos casos pierde el alma. La teología precedía a la Regla. La Regla le daba cuerpo canónico. El De laude le daba voz.

  • Caballero secular: mata por vanidad, se cubre de oro, muere en el pecado.
  • Caballero de Cristo: mata por justicia, muere por Cristo, gana el cielo.
  • Malicidio, no homicidio: al matar al enemigo de Cristo, mata el mal, no al hombre.
  • Fundamento agustiniano: la Iglesia no inventa en 1129; aplica la doctrina del justo combate de Contra Faustum XXII, codificada luego por Tomás en Summa II-II, q.40.

«Miles Christi securus occidit, securus moritur. Si enim moritur, pro Christo moritur; si occidit, pro Christo occidit. Nam cum occiderit malum, non homicida sed malicida dicitur.»

El caballero de Cristo mata con seguridad, muere con seguridad. Pues si muere, muere por Cristo; si mata, mata por Cristo. Y cuando mata al malo, no se le llama homicida sino malicida.

Bernardo de Claraval, De laude novae militiae, cap. III (h. 1130-1135). Edición crítica: Sancti Bernardi Opera, ed. J. Leclercq, H. Rochais, C. H. Talbot, t. III, Roma, Editiones Cistercienses, 1963, pp. 217-218.

Caballero secular

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Caballero de Cristo

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V.El límite del malicidio: el cautivo y el rendido

El argumento del De laude tiene un límite canónico que la Regla fija con precisión. El caballero de Cristo mata al enemigo en combate. No mata al cautivo, no mata al rendido, no mata al que ha depuesto las armas. La distinción no es ornamento: es la línea que separa al caballero de Cristo del mercenario.

El capítulo XLVIII de la Regla primitiva prohíbe al hermano dar muerte a un enemigo que se rinde, salvo que el maestre o el comendador lo ordenen por razón de guerra. El capítulo CXXX de los estatutos jerárquicos, añadido a mediados del siglo XIII, prohíbe maltratar al cautivo y obliga a dar de comer al prisionero antes que al propio hermano si la provisión escasea. El malicidio se aplica al combate, no a la derrota. Una vez que el enemigo ha depuesto la espada, deja de ser enemigo activo y se convierte en cautivo — criatura de Cristo a quien el caballero debe alimento y protección.

Bernardo articula el límite en el propio De laude, capítulo V, cuando escribe que el caballero de Cristo no se goza en la muerte del adversario sino en la justicia que la causa. La muerte del sarraceno no es fin: es medio. El fin es la protección del peregrino y la defensa de la Tierra Santa. Si la muerte deja de ser medio y se vuelve fin, el caballero ha dejado de ser de Cristo y ha vuelto a ser secular — mata ya no por justicia sino por sangre, y vuelve a poner su alma en riesgo.

El límite se prueba en el caso más difícil: el cautivo de la propia orden. La Regla prevé que un hermano caído prisionero no debe ser rescatado a precio desorbitado, porque la orden es pobre y el rescate oneroso empobrecería a la comunidad. El capítulo CCXLI de los retretes, ya en francés medieval, fija que el maestre no puede pagar por un hermano cautivo más de lo que costaría mantener a diez caballeros en la encomienda un año. La norma es dura. Es también doctrinal: la vida de un hermano no vale más que la misión de la orden, y la misión de la orden es defender al peregrino, no enriquecer al sarraceno que captura. La Iglesia no permitía que el carisma se corrompiera por sentimiento. El caballero de Cristo ama al hermano cautivo. Pero ama más a la justicia que al hermano.

El malicidio, por tanto, no es licencia. Es doctrina con borde. Mata al enemigo en combate, no al cautivo. Mata por justicia, no por sangre. Mata como medio, no como fin. Quien traspasa el borde deja de ser caballero de Cristo y vuelve a ser mercenario — mata ya por precio, no por caridad, y pierde el alma que la profesión había prometido salvar. La Regla lo sabía. Bernardo lo escribió. La Iglesia lo guardó en setenta y dos capítulos para que ningún hermano pudiera alegar ignorancia.

VI.De Troyes a las encomiendas: la difusión de la Regla y del De laude

La Regla primitiva, aprobada en Troyes, se difundió en latín entre los capellanes y en francés medieval — Retrais — entre los caballeros legos. La traducción francesa, fechada hacia 1140, es anterior a la bula Omne datum optimum y prueba que la orden quería poner la Regla en boca de los hermanos que no sabían latín. La edición de Curzon (1886) y la traducción de Upton-Ward (1992) conservan ambas versiones, latina y francesa, en paralelo: la latina para el capítulo, la francesa para la encomienda.

La confirmación pontificia llegó en etapas. Inocencio II, con la bula Omne datum optimum del 29 de marzo de 1139, eximió a la orden de la jurisdicción episcopal y le permitió tener capellanes propios con facultad de confesar y celebrar. Celestino II, con Milites Templi (1144), concedió a los benefactores de la orden indulgencia por sus limosnas. Eugenio III, con Militia Dei (1145), autorizó a la orden a construir capillas propias y a enterrar en sus cementerios a los hermanos y a los familiares de los benefactores. Tres papas en seis años. La Iglesia no solo había aprobado el carisma: lo había armado canónicamente contra cualquier interferencia episcopal.

El De laude se difundió por otra vía: la del manuscrito. Copiado en los scriptoria cistercienses y en las encomiendas templarias, circuló como texto de reclutamiento y como lectura espiritual de los caballeros. Se conservan unos treinta manuscritos, el más antiguo de mediados del siglo XII, conservado en la Bibliothèque nationale de France (ms. lat. 15094). La edición crítica de Leclercq en 1963 colacionó los principales testimonios y estableció el texto. El De laude no fue bula: no obligaba canónicamente. Fue voz: movía a la profesión y daba a los hermanos la razón de su vida.

La recepción en la Península fue inmediata y densa. La donación de Alfonso I el Batallador al Temple en 1126 — anterior al concilio de Troyes — muestra que la milicia ya operaba en la frontera del Ebro antes de tener Regla. En 1131, el mismo rey donó a la orden la ciudad de Zaragoza tras su conquista, y en su testamento de 1134 — pieza única en la historia medieval — legó sus reinos al Temple, al Hospital y al Santo Sepulcro. Los nobles aragoneses no aceptaron el testamento, pero las donaciones al Temple se mantuvieron: Barbastro, Monzón, Huesca. En 1143, Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y príncipe de Aragón, firmó con la orden el concordato de Gerona, prometiendo a los Templarios un tercio de las tierras que se reconquistaran al sur del Ebro. Tortosa cayó en 1148, Miravet en 1153, Peñíscola fue cedida en 1294 por Jaime II. La frontera del Ebro se hizo templaria.

En Castilla, la orden de Calatrava fue fundada en 1158 bajo regla cisterciense propia — paralela al Temple, no subordinada —, pero el Temple operó en encomiendas castellanas y leonesas: Villalpando, Ponferrada (cedida en 1178 por Fernando II), el puente de Alcántara. En Portugal, la donación de Soure en 1128 precedió a Troyes; la encomienda de Tomar fue cedida en 1159 a Gualdim Pais, maestre portugués de la orden, que inició la construcción del convento-fortaleza en 1160. Tomar fue cabeza de la commanderie portuguesa y se convertiría, en 1319, en sede de la Orden de Cristo. La Regla era una. La Iglesia la hacía valer desde Jerusalén hasta el Atlántico.

La Regla primitiva no quedó congelada. Los estatutos jerárquicos, añadidos entre 1139 y 1250 en capítulos generales sucesivos, la ampliaron sin derogarla: fijaron el ceremonial de recepción del hermano, regularon la guerra en detalle, codificaron la disciplina conventual. La edición de Curzon recoge el conjunto, con la Regla primitiva al inicio y los retretes en orden cronológico. La Iglesia no congela el carisma: lo vive, lo amplía, lo precisa. La Regla de 1129 siguió siendo la raíz. Todo lo que vino después fue ramificación.

VII.La Regla como matriz de las sucesoras

La Regla primitiva de 1129 no murió con la orden en 1312. La Iglesia la trasladó.

La bula Vox in excelso del 22 de marzo de 1312, que disolvió formalmente el Temple bajo presión de Felipe IV, no condenó la Regla. No podía condenarla: era una regla cisterciense aprobada en concilio, confirmada por tres papas y vivida durante casi dos siglos por hombres que la Iglesia había canonizado en vida. La disolución recayó sobre la institución, no sobre el carisma. El carisma — caballero religioso que defiende al peregrino bajo votos monásticos — seguía siendo canónicamente lícito. La Iglesia no destruye lo que ha aprobado: lo traslada cuando la institución que lo encarnaba se ha corrompido o ha caído.

En 1317, cinco años después de la disolución, Juan XXII aprobó la Orden de Montesa con la bula Pia Matris Ecclesiae (10 de junio de 1317). Montesa recibió los bienes templarios de la Corona de Aragón, los hermanos que quisieron continuar, y la Regla primitiva — adaptada al marco cisterciense de Calatrava, bajo patronato real aragonés. La orden siguió la Regla de Bernardo hasta 1592, cuando Felipe II incorporó Montesa a la Corona. Tres siglos de Regla. En 1319, dos años después de Montesa, el mismo Juan XXII aprobó la Orden de Cristo con la bula Ad ea ex quibus (14 de marzo de 1319). La Orden de Cristo recibió los bienes templarios de Portugal, los hermanos, y la Regla. Tomar, la encomienda fundada por Gualdim Pais en 1160, siguió siendo la sede. La Orden de Cristo siguió la Regla hasta 1789, cuando la reina María I la secularizó; la extinción definitiva vino en 1834. Cinco siglos de Regla en Portugal.

La continuidad de la Regla es la prueba canónica de que la Iglesia no quería destruir la milicia. Si la hubiera querido destruir, no habría aprobado órdenes sucesoras siete años después de la disolución, con la misma Regla, en los reinos — Aragón y Portugal — que no se habían plegado a la persecución de Felipe IV. La disolución de 1312 fue pragmatismo pastoral bajo presión francesa. La restauración de 1317 y 1319 fue doctrina: la Iglesia preservaba el carisma que la Corona francesa había querido ahogar.

La Regla de Bernardo sobrevivió, pues, a la orden que la había recibido. Vivió en Montesa hasta 1592. Vivió en la Orden de Cristo hasta 1789. Vivió en Calatrava — paralela cisterciense desde 1158 — hasta 1836. Cinco siglos y medio de Regla, desde el concilio de Troyes hasta las desamortizaciones del siglo XIX. Una sola voz, articulada en enero de 1129 en una sala de Champaña, que la Iglesia hizo resonar hasta que el Estado liberal la silenció.

  • 1312: Vox in excelso disuelve formalmente el Temple (por presión francesa, no condena doctrinal). La Regla no se condena.
  • 1317: Juan XXII aprueba Montesa como sucesora canónica en Aragón (bula Pia Matris Ecclesiae). Regla hasta 1592.
  • 1319: Juan XXII aprueba Orden de Cristo como sucesora canónica en Portugal (bula Ad ea ex quibus). Regla hasta 1789.
  • Conclusión: la Iglesia preservó el carisma bajo nuevos nombres. La destrucción fue regia, no papal.
Regla primitiva de Bernardo de Claraval
1129 – Concilio de Troyes · Bernardo de Claraval
Montesa
1317 · Aragón / Valencia
Pia Matris Ecclesiae
Bienes → Hospitalarios
1312 · Transferencia
Ad providam
Orden de Cristo
1319 · Portugal
Ad ea ex quibus
Órdenes paralelas (anteriores)
Calatrava
1158 · Castilla
Cisterciense propia
Santiago
1170 · León / Castilla
Regla propia

VIII.El mito esotérico y su desmontaje

Lean la Regla. Setenta y dos capítulos en latín medieval, editados por Curzon en 1886 y traducidos por Upton-Ward en 1992. Pobreza, castidad, obediencia. Liturgia adaptada al lego. Jerarquía monástica. Disciplina conventual. Caza prohibida salvo el león, sin oro ni plata en los arreos, sin besar mujer alguna. No hay un solo capítulo sobre astrología. No hay uno sobre alquimia. No hay uno sobre el Grial, sobre Baphomet, sobre el Priorato de Sión. La Regla es cisterciense ortodoxa. Quien quiera encontrar esoterismo templario tiene que no leer la Regla.

El mito esotérico templario es una construcción del siglo XIX, y cada eslabón de su invención está documentado. Eliphas Lévi, en Dogme et rituel de la haute magie (1854-1856), fabricó la imagen de Baphomet como un ídolo andrógino con cabeza de cabra, sin más fuente que su propia imaginación. Papus (Gérard Encausse) lo popularizó en los años 1890 dentro del martinismo ocultista francés. Pierre Plantard, en 1956, inventó el hoax del Priorato de Sión — registrado como asociación civil en Saint-Julien-en-Genevois, disuelto al año siguiente — y fabricó los famosos «dossiers secrets» depositados en la Bibliothèque nationale en los años 1960. Gérard de Sède, en L'Or de Rennes (1967), dio al hoax difusión literaria. Baigent, Leigh y Lincoln, en The Holy Blood and the Holy Grail (1982), lo convirtieron en best seller. Dan Brown, en The Da Vinci Code (2003), lo elevó a cultura de masas. Cada eslabón tiene firma y fecha. Ninguno tiene fuente en el siglo XII.

La Regla desmonta el mito sin necesidad de refutación larga. Setenta y dos capítulos de monje-caballero cisterciense. Ningún grimoire. Ningún rito secreto. Ninguna iniciación. La recepción del hermano, fijada en los estatutos jerárquicos, es pública: el hermano profesa en capítulo, ante el maestre y los hermanos, con fórmula canónica tomada de la profesión benedictina. No hay grado oculto. No hay «caballero interior». Quien entra en el Temple entra por la puerta de la profesión monástica, no por la de la iniciación esotérica.

El mito, además, necesita que la Iglesia persiguiera a los Templarios por ese supuesto esotérico. Pero el pergamino de Chinon (1308) demuestra lo contrario: Clemente V los absolvió de la herejía. La persecución fue regia, no papal. Si la Iglesia no persiguió a los Templarios por esotéricos, no había esoterismo que perseguir. El mito se queda sin causa histórica. Lo que queda es la Regla — ortodoxa, cisterciense, setenta y dos capítulos de carisma militar-monástico que la Iglesia aprobó, vivió y preservó.

La Regla no es un texto hermético. Es un texto conventual. Quien la lee, encuentra monjes con espada. Quien no la lee, encuentra lo que quiera encontrar. La Iglesia escribió la Regla para que no hiciera falta imaginar nada. Setenta y dos capítulos. Cisterciense. Ortodoxo. Sin Baphomet.

1307
Proceso de 1307
Confesiones bajo tortura, retiradas en Chinon (1308) (Sustrato: acusaciones regias sin valor canónico)
1854-1856
Eliphas Lévi
Inventa la imagen de Baphomet (Dogme et rituel de la haute magie, sin fuente medieval)
1890s
Papus
Populariza la lectura esotérica (Martinismo ocultista francés)
1956
Pierre Plantard
Hoax del Priorato de Sión (Asociación civil en Saint-Julien-en-Genevois, disuelta en 1957)
1967
Gérard de Sède
Difusión literaria del hoax (L'Or de Rennes)
1982
Baigent/Leigh/Lincoln
Best seller (The Holy Blood and the Holy Grail)
2003
Dan Brown
Cultura de masas (The Da Vinci Code)

IX.La Regla en la historiografía moderna

La historiografía sobre la Regla primitiva atraviesa tres fases. La primera, abierta en 1886 con la edición de Henri de Curzon, La Règle du Temple, sacó la Regla de los archivos. Curzon, archivero del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, colacionó el manuscrito parisino (BnF, fr. 1977) con los principales testimonios de la Regla francesa y los estatutos jerárquicos, y publicó por primera vez el texto íntegro en edición crítica. Hasta Curzon, los historiadores trabajaban sobre extractos citados en el proceso de 1307-1314; a partir de Curzon, podían leer la Regla. Su edición, reimpresa por Slatkine en 1977, sigue siendo la base de cualquier trabajo serio.

La segunda fase, abierta en los años 1950-1960 por la escuela monástica francesa, reubicó la Regla en su matriz cisterciense. Jean Leclercq, benedictino de Clervaux y el mayor bernardista del siglo XX, publicó en 1963 la edición crítica del De laude novae militiae en el tomo III de las Sancti Bernardi Opera (Editiones Cistercienses, Roma), colacionando unos treinta manuscritos y estableciendo el texto latino. Leclercq demostró que el De laude no era una pieza oratoria suelta: era la glosa teológica de la Regla, y ambos textos — Regla y De laude — solo se entendían juntos. Anselme Dimier, en estudios paralelos sobre la Carta Caritatis cisterciense, mostró que la Regla primitiva tomaba de Cîteaux la estructura del capítulo, la profesión y la filación. La Regla no era una invención ad hoc: era cisterciense de raíz.

La tercera fase, abierta en los años 1990, llevó la Regla al lector inglés y al marco de la reforma gregoriana. Judith Upton-Ward publicó en 1992 The Rule of the Templars (Boydell), traducción inglesa anotada de la Regla latina y de los retretes franceses, con introducción histórica. Malcolm Barber, en The New Knighthood (Cambridge UP, 1994), situó la Regla en el contexto de la reforma monástica del siglo XII y de la teología del justo combate. Helen Nicholson, en The Knights Templar: A New History (2001, revisada 2017), sintetizó el estado de la cuestión. Alain Demurger, en Les Templiers: Une chevalerie chrétienne au Moyen Âge (Seuil, 2005), articuló la Regla con la práctica efectiva de las encomiendas. La línea es clara: cuanto más se lee la Regla, menos sitio queda para el mito.

La historiografía hispánica ha trabajado la Regla desde la recepción peninsular. Alan Forey, The Templars in the Corona de Aragón (Oxford UP, 1973), sigue siendo la obra de referencia para la difusión aragonesa. Carlos de Ayala Martínez, Las órdenes militares hispánicas en la Edad Media (Madrid, 2003), integra el Temple en el conjunto de las órdenes hispánicas y articula la Regla con el marco de la Reconquista. La síntesis más reciente coincide en lo esencial: la Regla primitiva es cisterciense, ortodoxa, y su trazabilidad documental es máxima. Quien dice lo contrario, no ha leído la Regla.

X.Cronología

1129
Concilio de Troyes
Regla primitiva aprobada
c. 1130-1135
De laude novae militiae
Bernardo redacta el panegírico
📖
1139
Omne datum optimum
Inocencio II confirma y exime
c. 1140-1250
Retrais
Estatutos jerárquicos ampliados
1317-1319
Montesa y Orden de Cristo
La Regla trasladada
c. 1080
Nace Bernardo de Claraval en el castillo de Fontaine-lès-Dijon.
1113
Bernardo entra en Cîteaux con treinta parientes.
1115
Bernardo funda Claraval.
1119
Hugo de Payns funda la milicia del Templo en Jerusalén.
1126
Alfonso I de Aragón dona Zaragoza a los Templarios; la milicia llega a la Península.
enero 1129
Concilio de Troyes: aprobación de la Regla latina primitiva (72 capítulos).
c. 1130-1135
Bernardo redacta el De laude novae militiae en Claraval.
29 marzo 1139
Bula Omne datum optimum: Inocencio II exime al Temple de la jurisdicción episcopal y le permite tener capellanes propios.
1144
Bula Milites Templi: Celestino II concede indulgencias a los benefactores.
1145
Bula Militia Dei: Eugenio III autoriza capillas y cementerios propios.
1147
Eugenio III concede la cruz roja patada sobre el manto blanco.
c. 1140-1250
Estatutos jerárquicos (Retrais) añadidos en capítulos generales sucesivos.
1158
Fundación de Calatrava bajo regla cisterciense propia (paralela al Temple).
1159
Gualdim Pais recibe Tomar; inicio del convento-fortaleza portugués.
1312
Vox in excelso: disolución formal del Temple. La Regla no se condena.
10 junio 1317
Pia Matris Ecclesiae: Montesa recibe la Regla en Aragón.
14 marzo 1319
Ad ea ex quibus: la Orden de Cristo recibe la Regla en Portugal.
1592
Felipe II incorpora Montesa a la Corona. Fin de la Regla en Aragón.
1789
María I seculariza la Orden de Cristo. Fin de la Regla en Portugal.
1886
Henri de Curzon publica La Règle du Temple (París).
1963
Jean Leclercq publica la edición crítica del De laude en Sancti Bernardi Opera, t. III.
1992
Judith Upton-Ward publica The Rule of the Templars (Boydell).

XI.Fuentes y bibliografía

  • Regla latina primitiva (Concilio de Troyes, enero de 1129), 72 capítulos. Edición: Henri de Curzon, La Règle du Temple, París, 1886 (reimp. Slatkine, 1977). Trad. inglesa: Judith Upton-Ward, The Rule of the Templars, Boydell, 1992.
  • Regla francesa / Retrais (c. 1140), traducción medieval al francés de la Regla latina. Edición: Curzon, La Règle du Temple, 1886.
  • Estatutos jerárquicos (adiciones 1139-1250), fijados en capítulos generales sucesivos. Edición: Curzon, La Règle du Temple, 1886.
  • Bernardo de Claraval, De laude novae militiae (c. 1130-1135). Edición crítica: Jean Leclercq, H. Rochais, C. H. Talbot (eds.), Sancti Bernardi Opera, t. III, Editiones Cistercienses, Roma, 1963, pp. 213-239.
  • Inocencio II, bula Omne datum optimum (29 de marzo de 1139). Exención de la jurisdicción episcopal y autorización de capellanes propios. En: Bullarium Romanum, t. III.
  • Celestino II, bula Milites Templi (1144). Indulgencias a los benefactores. En: Bullarium Romanum, t. III.
  • Eugenio III, bula Militia Dei (1145). Capillas y cementerios propios. En: Bullarium Romanum, t. III.
  • Geoffrey d'Auxerre, Vita Sancti Bernardi (c. 1160-1170). Atribución a Bernardo de la redacción efectiva de la Regla primitiva. Edición: Patrologia Latina, t. CLXXXV, col. 301-568.
  • Regla latina primitiva (Concilio de Troyes, enero de 1129), 72 capítulos. Edición: Henri de Curzon, La Règle du Temple, París, 1886 (reimp. Slatkine, 1977). Trad. inglesa: Judith Upton-Ward, The Rule of the Templars, Boydell, 1992.
  • Regla francesa / Retrais (c. 1140), traducción medieval al francés de la Regla latina. Edición: Curzon, La Règle du Temple, 1886.
  • Estatutos jerárquicos (adiciones 1139-1250), fijados en capítulos generales sucesivos. Edición: Curzon, La Règle du Temple, 1886.
  • Bernardo de Claraval, De laude novae militiae (c. 1130-1135). Edición crítica: Jean Leclercq, H. Rochais, C. H. Talbot (eds.), Sancti Bernardi Opera, t. III, Editiones Cistercienses, Roma, 1963, pp. 213-239.
  • Inocencio II, bula Omne datum optimum (29 de marzo de 1139). Exención de la jurisdicción episcopal y autorización de capellanes propios. En: Bullarium Romanum, t. III.
  • Celestino II, bula Milites Templi (1144). Indulgencias a los benefactores. En: Bullarium Romanum, t. III.
  • Eugenio III, bula Militia Dei (1145). Capillas y cementerios propios. En: Bullarium Romanum, t. III.
  • Geoffrey d'Auxerre, Vita Sancti Bernardi (c. 1160-1170). Atribución a Bernardo de la redacción efectiva de la Regla primitiva. Edición: Patrologia Latina, t. CLXXXV, col. 301-568.

XII.Preguntas frecuentes

La tradición cisterciense, recogida por Geoffrey d'Auxerre en la Vita Sancti Bernardi (c. 1160-1170), atribuye al abad de Claraval la redacción efectiva de la Regla latina primitiva aprobada en el Concilio de Troyes (enero de 1129). Bernardo, presente en la asamblea, tomó la pluma tras el esbozo presentado por Hugo de Payns. El De laude novae militiae, redactado entre 1130 y 1135, es posterior a la Regla y la glosa: fija la teología que justifica el marco canónico. La Regla es el código. El De laude es la voz. Ambos son bernardinos.

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